miércoles, 14 de marzo de 2012

EL PAÍS DE NUNCA JAMÁS





               
            Nunca debimos haber salido del “país de nunca jamás”. Nos confundieron, nos convencieron, nos exiliaron, nos intoxicaron. ¿De quién es la culpa? De nadie, de los mecanismos inherentes a la propia vida. Los demás sugieren, proponen, imponen, aleccionan, critican y castigan, y nosotros nos lo creemos.

            En el “país de nunca jamás”, predominan los colores intensos, las risas auténticas y la curiosidad infinita. Los caramelos y chicles tienen tonos y sabores mágicos, son elixires que se convierten en codiciado objeto de deseo. La exploración continua es la tarea diaria y la búsqueda de cariño resulta insaciable. Se vive en el aquí y el ahora, por lo que la acción es espontánea e inmediata. La sentencia que nos condena a la cárcel del continuo deambular entre el pasado y el futuro aún no se ha dictado. Inventar, reír, jugar, desplegar la energía desbordante que siempre desespera al adulto son la señal inequívoca de que la inocencia aún no ha sido mancillada. Se busca el abrazo porque calma y la mano salvadora en la noche porque rescata de la inquietud que provocan los fantasmas del silencio cuando salen de sus tenebrosos rincones. Y el olor a hierba..., eso no se olvida. Sentados , tumbados o rodando sobre ella, mientras las briznas se meten bajo la ropa, celebramos nuestra conexión con la tierra, nuestro destino. Basta cerrar los ojos y volver atrás en el tiempo para que el país del que nos exiliamos aparezca con total nitidez para indicarnos que aún hay esperanza.

            En el “país de nunca jamás”, los niños viven disfrazados de piratas y se deslizan con lianas imaginarias entre mundos y sueños. A veces, solo a veces, los padres que no han olvidado al niño que llevan dentro ni han renegado de él consiguen comprenderlos y contribuyen a que el niño despliegue toda su osadía. En la mayoría de los casos, los niños sobreviven a base de juegos inventados sorteando como pueden la confusión y la inquietud que destilan las alargadas sombras del mundo adulto, proyecciones de sueños rotos y mentiras ocultas. Ellos lo perciben, pero el mundo que les rodea les hace creer que están equivocados. Ahí comienza la eterna historia de la inseguridad interior del ser humano.

            En el “país de nunca jamás”, no hay adultos. Se exiliaron de sí mismos hace mucho tiempo y miran a los niños pero no los ven. Estos lo saben y se dan cuenta, pero no dicen nada, aún no tienen voz para imponerse. Los pequeños, rezagados en su interior, miran extrañados a la tía Carmen, que les besa con fruición para calmar su propio anhelo de cariño, o a sus padres cuando les regañan, los cuales no han sabido enseñarles a mantener su centro porque ellos mismos nunca lo encontraron. Nadie les muestra cómo aferrarse al arnés de la serenidad cuando el huracán emocional de las energías interiores les desestabiliza. Nadie, porque los adultos tampoco lo sabemos.

            En el “país de nunca jamás”, los niños ensayan sus vidas adultas, mimetizando gestos y comportamientos, aprendiendo tareas, funciones y oficios sin apenas darse cuenta. Sin ser conscientes de que cuando los emulen a la perfección, el proceso de asimilación habrá terminado. Harán su equipaje, recogerán sus enseres y partirán al exilio, donde una suerte de frontera en forma de velo mental transparente les hará olvidar quienes son en realidad.

            En el “país de nunca jamás”, los niños ríen y juegan, el cuerpo aún se mueve con libertad, porque todavía no ha sido sometido a la ardua vigilancia de prejuicios y creencias. Todo fluye de forma mágica. Aman la música porque se entregan a ella y los cuentos porque les transportan a otros mundos. Siempre, eso sí, que la amenazadora oscuridad del enfermizo sistema adulto no se proyecte excesivamente sobre ellos bien a través de los propios adultos o de niños ya asimilados. En ese caso el paraíso se convertirá en una mazmorra.

            Una vez se ha salido del “país nunca jamás” es difícil volver, pero no imposible. Desandar el camino conlleva infinita paciencia para identificar cada recodo del camino que marcó un punto de inflexión hacia el exilio interior. Soltar los nudos no es tarea fácil porque sobre el primero hay cien más repetidos, que exigen su liberación. Atisbar al niño que se lleva dentro es el primer paso, abrazarlo, el segundo. Pero el momento cumbre se produce cuando ambos, adulto y niño, deciden jurarse lealtad eterna. Entonces, llega el momento de firmar la promesa conjunta para no olvidarla: “Nunca jamás saldremos del país de nunca jamás”. Que así sea.




domingo, 5 de febrero de 2012

MOTÍN A BORDO



             Cualquiera que haya sido profesor lo ha vivido. La vida cotidiana laboral transcurre con cierta tranquilidad cuando de repente un día se desata la tormenta. ALGUIEN no está contento, conecta con otro que tampoco lo está, y  entre los dos deciden mandar a la hoguera al profesor. A por él. La instigación y la guerra han comenzado. El aparente sólido equilibrio de todo un grupo acaba de romperse. Reestablecerlo es obra de genios, cuestión de suerte o cosa de magia.

            En otro momendo de mi vida di clase. Me encanta. Aprendí que el alumno exhibía su semáforo particular desde el primer día. Unos daban la bienvenida con su luz verde, otros  resultaba difícil predecir por dónde iban a salir con su intermitencia ámbar, y luego estaban los del punto rojo, que parecían indicar ATENCIÓN, CUIDADO. Detectarlos cuanto antes era fundamental para la buena marcha en el aula. Una vez percibido el peligro, era crucial tenerlo en cuenta y actuar en consecuencia. Había que convertirlo como fuera en aliado, porque en caso contrario, antes o después, se pondría en evidencia su agresividad latente. Las armas de seducción resultaban en este punto imprescindible. En ámbitos docentes libres, es decir, a los que se va por propia voluntad, este tipo de alumnos acaban descolgándose del proceso en algún punto. En los obligatorios, como las escuelas, dejan oír su malestar todo lo que pueden. En realidad no quieren estar ahí. La adolescencia, inmersa en una revolución hormonal incontrolable para la persona que la sufre, es el caldo de cultivo ideal para estos casos.

            Para el profesor esto es un reto. Cuando todo parece ir como miel sobre hijuelas, un zambombazo le despierta de su rutina. Entonces, lo ideal es poner distancia y mantener la máxima tranquilidad posible. Ni uno es tan bueno ni tan malo como se le pinta. Eso es fruto del maniqueísmo cristiano: un concepto que simplifica la realidad, pero también la reduce a una concepción infantil. Uno simplemente ES con sus luces y sombras. Creo más en las simpatias y antipatías, y los gustos y dis-gustos. Hay profesores mejores y peores, como ocurre con cualquier otro gremio, pero de ahí a la falta de respeto y al insulto hay un mundo. Creo también más en las proyecciones mentales que hacemos en los otros de nosotros mismos que en la virtud y el pecado, así que pienso que alguien que falta el respeto a otro no se lo tiene a sí mismo, y que ocurre igual con el insulto. No mostrarse alterado también es importante, lo contrario da ventaja al enemigo, que ya está de por sí bastante revuelto y desea hacer partícipe de ese estado a todo su entorno. Tener en cuenta que no todos piensan igual.  Los que protestan suelen ser siempre los mismos y los que hablan más fuerte: normalmente dos o tres. El resto opina de otro modo o se deja llevar. Resulta útil preguntar a uno por uno por dos cosas: queda clara la diferencia de opiniones y se pone en evidencia a los que protestan, que posiblemente hasta ese momento se hayan expresado comenzando las frases con un “nosotros” en lugar de “yo creo...” Escuchar demandas concretas puede hacer crecer al profesor. La crítica concreta es de ayuda para todos, pero las generalizaciones no lo son en absoluto. “Usted no es bueno”, “No da las clases bien”, etc... eso no sirve para nada. “Me gustaría que hubiera más intercambio de opiniones o que hicieramos más ejercicios grupales” empieza a merecer cierta atención. Encontrar el punto medio entre hacerse respetar y cierta flexibilidad para la adaptación a un ritmo concreto es un arte. Y la excelencia de este persigue al profesor a lo largo de toda su vida.

            La declaración de guerra en el aula invita a la reflexión.  El armisticio a veces es imposible porque el odio enconado tampoco tiene solución, a no ser que uno tenga la sabiduría de Gandhi, un rasgo que lo hace especial porque no abunda. En general, solo queda guarecerse en las trincheras y esperar a que acabe el curso de la mejor manera posible. Estoy hablando en todo momento de profesores con vocación y entregados, no de aquellos que no les gusta enseñar y sería mejor que hicieran otra cosa. En mi trayectoria he podido constatar que personas a las que yo admiro muchísimo son ignoradas o despreciadadas por otras. Así es la vida, y a esto no hay que darle más vueltas de hoja. Por lo tanto, si toca ser objeto de proyección de las sombras de un grupo, lo mejor es retroceder al interior de uno mismo y no olvidar nunca que por el mero hecho de ser humanos, ya somos valiosos, con independencia de la que esté cayendo fuera.

            Acabó de recordar algo que oí una vez y me encantó: es preciso relacionarse desde el conflicto. Este es algo consustancial a la vida y aparece en algún momento en nuestras relaciones del tipo que sean. Por lo tanto, no habría que huir de él ni tenerle miedo, sino aprender y tratar de encontrar una solución, es decir, hacerle frente como quien trata de resolver un enigma o superar un desafío. El que lo consigamos o no es harina de otro costal, ya que dependerá de los recursos con los que contemos en ese momento dado o de numerosos factores a veces fuera de nuestro control. A mí solo me queda desearte: “Suerte y al toro...”